Martes 13 Enero 2009

Liv y Emma son dos amigas enfrentadas por la misma fecha de boda en “Guerra de novias”, la nueva comedia romántica escrita para Kate Hudson y Anne Hathaway, dos actrices que luchan, como sus protagonistas, por hacerse con la corona del matriarcado en el género. No se les ocurrió desde el comienzo a tan íntimas camaradas de sueños-cliché el celebrar una boda conjunta, como ocurría en el pluralísimo final de “Siete novias para siete hermanos” (1954), ni tampoco aprender lecciones de protocolo en las historias de bodorrios mucho más catastróficos que los suyos. Para remediar tamaño egotismo, recordamos a unas cuantas novias clásicas que validaron el viejo dicho: si te casas, no permitas que nadie te filme.

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La boda, contemplada como acontecimiento más social que familiar, instruía a los espectadores de la época Hays en el justo equilibrio de clases: el pobre abrazaba a la rica heredera o viceversa para provocar los suspiros emocionados de una platea que creía en el sello sagrado del amor… en pantalla o en las páginas de sociedad del periódico. Ni fuera ni dentro de ellas nadie comentaba lo evidente: que la boda, como acto más privado que público, podía ser el principio de una aburridísima película. De esta regla silenciosa derivaba la más fundamental de todas: la película-boda debía rodarse en homenaje a la protagonista absoluta, la novia del vestido prístino en blanco y negro y de las mejillas sonrosadas en Technicolor. Hasta que la mesura de los colores y el descreimiento en los relatos de familia han dado paso a las batallas, los tartazos y otros desastres pre-conyugales. Leer más »

Jueves 18 Septiembre 2008

La cita suena insorteable: cómo evadir del calendario la celebración de cincuenta años de la obra maestra de Richard Brooks, “La gata sobre el tejado de zinc” (1958), basada, demasiado libremente para juicio de muchos, en la pieza teatral de Tennessee Williams, dramaturgo que parece haber aportado más a los iconos del cine que a las tablas, tanto como han llegado a serlo Elizabeth Taylor y Paul Newman, protagonistas de la cinta y ambos todavía increíblemente vivos —a pesar de las malas noticias en las que se congratulan los dudosos fans de la cuenta atrás—. Parece inevitable una fecha así en la agenda, marcada y repasada en tinta negra, rodeada con círculo rojo, pero, en lugar de ello, en Estados Unidos prefieren darle bombo a otro aniversario: los veinticinco años de “Risky Business” (1983), con edición en dvd de lujo inclusive y otras tontunas, aunque de ella sólo hayan quedado para reciclaje de los más jóvenes el guitarreo de la escoba y el modelo Wayfarer de Ray Ban. ¿Dónde está la vuelta a la moda de los finísimos camisones y los vestidos blancos de vuelo de la Taylor o el pijama azul de Newman para borrachuzos sin ganas de salir de casa? Pues en la memoria, y desde luego no en la de los organizadores de justos homenajes cinematográficos.

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En cambio, si su protagonista —nadie lo quiera— muriese pasado mañana, enseguida todos se acordarían del minino que lleva cincuenta años con el culo al rojo vivo sobre el tejado de las pantallas que los más suertudos recordarán de aquel 20 de septiembre de 1958 en que tuvo lugar su estreno norteamericano. Mucho más tarde, en España, la versión en celuloide de la controvertida historia, de esencia verbal y gestual como la mayor parte de los calustrofóbicos zoos de cristal de Williams, se ablandaría un paso más con la omisión del título de ‘hot’ —el título original, “Cat on a hot tin roof”—, por considerarlo el régimen censor franquista demasiado insinuante. A mí me lo parecen más las miradas de todos los actores y nadie les puso una banda negra bajo las cejas, pero mentes enrevesadas hay en todas partes y debieron de pensar que más valdría prevenir posibles escozores lingüísticos que condujeran a quemaduras de fantasías sexuales… Leer más »

Viernes 9 Mayo 2008

Llega a las pantallas de todo el mundo “Speed Racer” (2008) con un inquietante eslogan –«un mundo hecho para la velocidad»–, lo que me plantea si no será la secuela de una carrera premeditada que viene fraguándose desde cientos de películas atrás. Guste o no será así, un ritmo vertiginoso en consumo de experiencias y cine, mientras no se paladea nada. Sin embargo, antes del susodicho Meteoro otros personajes con ganas de quemar el asfalto se agenciaron un coche por compi, y resulta curioso comprobar cómo ha cambiado el significado de las cifras que marcan los kilómetros por hora. Tal vez quien más obligaba a la aguja a inclinarse era James Bond a bordo de sus costosos Aston Martin, pero lo casi sci-fi de su tecnología hacía creíble hasta la más arriesgada de las carreras. Pensemos más bien en esos momentos que el protagonista disfruta creyéndose amo de la pista, sin sospechar siquiera que en unas décadas esas velocidades las rebasaría un coche teledirigido. Por ejemplo, películas de competición –dentro, no fuera de sí mismas–, como “Grand Prix” (1966), de John Frankenheimer, que remite a la mezcla de escuderías enfrentadas y amores revueltos.

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“Las 24 horas de Le Mans” (1971), con Steve McQueen, unas melenas leoninas y el Gulf Team Porsche 917 con que, atención, pretendía triunfar en el circuto donde falleció un amigo suyo –¿no les suena? Léanse la sinopsis de la de los Wachowski–; o “Greased lightning” (1977), sobre el primer campeón de carreras afroamericano, y la futurista “The last chase” (1981) ya auguraba el papel liberador del automóvil. Aunque no todos perdían los estribos –perdón, los frenos– en su afán por alcanzar la meta: el elegante automóvil de “La carrera del siglo” (1965), una menor pero divertida comedia de Blake Edwards, se tomaba su tiempo y dilatado metraje para atravesar tres continentes, a lo Phileas Fogg. Otros locos que se han lanzado a las autopistas –hay que ver, con lo que peligrosas que son, ¿no pueden meterse a senderismo?–: “Los locos del cannonball” (1981), parodia de “Cannonball!” (1976), o “Locos al volante” (19). Como ya analizó mi compañera Tònia, las hot rod movies, desde “Rebelde sin causa” (1955) hasta “Grease” (1978), pasando por “The wild ride” (1960) o “Catch me if you can” (1989) –de Stephen Sommers, no de Spielberg– fomentaron entre los chicos la posibilidad de pavonearse gracias a las carrocerías que paga papá, aunque lo disfracen de autosuperación, como Tom Cruise en “Días de trueno” (1990).

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Por suerte para nuestros queridos niños del futuro –espero que se perciba la ironía–, no todo es metal tuneado y tubos de escape con diámetros meloneros, algunos se han preocupado de mostrar al coche como el mejor amigo del hombre solitario o del chaval marginado. Ahí tienen a “Chitty Chitty Bang Bang” (1968) o a Herbie, el escarabajo blanco que protagonizó numerosos títulos –“Ahí va ese bólido” (1968) dio el pistoletazo de salida hasta “Herbie, torero” (1980), lo que hay que oír…– y que recuperó Lindsay Lohan para la gran pantalla en “Herbie: A tope” (2005) –cinta terrible, pero al menos le daban papeles a la moza descarriada–. Unos pocos se quedaron tan tocados que de mayores sólo supieron seguir comunicándose con sus inseparables coches, como Batman o Michael Knight, de “El coche fantástico” (1982). Pero para carrera escalofriante, la que se marca Grace Kelly en “Atrapa a un ladrón” (1955), justamente en la zona donde moriría en accidente de tráfico. Con rastrear un poco en los últimos años se encuentran ejemplos, a veces demasiado parecidos a este nuevo “Speed Racer”, que prosiguen la loa al volante y las chicas de bandera –a cuadros–. Tal vez tenía razón Springsteen, «we were born to run», si bien es diferente del lema de estos muchachos: born to race.

En las imágenes: Fotogramas de “Grand Prix” - Copyright © 1966 Cherokee Productions, Douglas & Lewis Productions, Joel Productions, John Frankenheimer Productions Inc. y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Y de “Ahí va ese bólido” - Copyright © 1968 Walt Disney Productions. Todos los derechos reservados.

Jueves 7 Febrero 2008

Llevo dándole vueltas al injusto centralismo que los vestidos de señora tienen en las listas de cine. ¿Qué pasa con los mejor vestidos, como si los actores no pudieran ir de punta en blanco? Cierto es que la moda rota con no pocas dosis de frivolidad en torno a la mujer y que sus posibilidades de indumentaria se extienden hacia el infinito de las faldas y vuelos que del sexo opuesto sólo se atreven a tocar escoceses y superhéroes. Pero cuando el diseñador/diseñadora de turno lo ha querido, los protagonistas de una escena vistosa no tenían nada que envidiar a sus compañeras femeninas. O si no midamos la aureola luminosa de Tyrone Power en la fiesta de “El filo de la navaja” (1946), el haz misterioso de Cary Grant paseándose por su villa en “Atrapa a un ladrón” (1955) o la desarreglada paciencia de Clark Gable esperando al autobús sobre una valla en “Sucedió una noche” (1934), y comparémoslos con el brillo de Gene Tierney, Grace Kelly o Claudette Colbert. Bah, ¿quién se acuerda de ellas? Estos atuendos varoniles no sólo se han ganado el puesto gracias a su estilismo rompedor, también continúan considerándose prototipos de lo que significa ir bien arreglado o simplemente vestido de determinada manera.

 

El tipo melancólico que se enfunda una gabardina debe remitirse a Humphrey Bogart –quien por lo general no era el maniquí más adecuado para lucir nada–, o a Gene Kelly con sombrero a juego mientras habla a los medios en “Cantando bajo la lluvia” (1952), y el bailarín puede imitar sus polos arremangados para dar brincos sin parecer un mono de feria. Los gladiadores no serían lo mismo sin “Espartaco” (1960) o los mantones de pieles de Russell Crowe en “Gladiator” (2000) –el chiste sobre la relación falditas metalizadas-homosexualidad ya está muy sobado desde “Aterriza como puedas” (1980) y a mí siempre me ha parecido que tiene un punto muy viril–. Un prejuicio similar al que sufre el pobre Errol Flynn, tan capacitado como estaba para llevar mallas o casacas sin perder el respeto de la amada –o quizá era un pacto de silencio, al fin y al cabo él tenía que aguantar interminables trenzas y corsés carcelarios–. Si se realizara un cómputo general, el traje o esmoquin aterrizaría en el peso cuantitativo y en algunos primeros puestos: aparte de los mencionados, cómo olvidar a todos los James Bond –bueno, a Pierce Brosnan me lo quitan si puede ser–.

 

Al dueto Paul Newman-Robert Redford en “El golpe” (1973) o “Dos hombres y un destino” (1969), en pleno pedaleo campestre; todos los invitados de los saraos de “El gran Gatsby” (1974), una hilera de “Los intocables de Eliot Ness” (1987) avanzando al frente, George Clooney tirando dados en cualquier casino de la trilogía Ocean, o, por qué no, ese impoluto Erich von Stroheim en “El crepúsculo de los dioses” (1950), fracción del entorno detallista que Norma Desmond deseaba aspirar al desperezarse por las mañanas. Claro que, y como ocurría en el caso de las actrices, eso de ir bien vestido no supone un obligado sinónimo de rectitud formal. A veces, y mucho más poderosas, un cierto desarreglo conlleva pautas de estilismo, iconos de creación y suspiros admirados con los que soñaría una sosa pajarita en fondo blanco. Blanco guarro, como el de las camisetas de Marlon Brando en “La ley del silencio” (1954) o “Un tranvía llamado deseo” (1951); la referencial cazadora roja de otro asilvestrado, James Dean, en “Rebelde sin causa” (1955), los uniformes caqui-polvo-barro del camino que difuminan a Indiana Jones, o los conjuntos no menos abandonados del grande de grandes, Steve McQueen, quien a bordo de una de sus motos gana la carrera de los nuevos retrosexuales, como Clive Owen –un aplauso para él en gabardina o capa pirata–.

Y que no se escapen de la lista los raros, los que por despreciar la tangente acaban marcando tendencia, como Al Pacino y aquellas divertidísimas y a la par dolorosas pintas de narco en “El precio del poder” (1983), o Peter O’Toole haciendo amago de amoldarse al desierto en “Lawrence de Arabia” (1962). Por supuesto, lo de insinuar lo llevan mucho peor, pero los ejemplos no desmerecen una renovada confianza: en pijama –Paul Newman y “La gata sobre el tejado de zinc” (1958), y con pata escayolada, ahí es nada en la victoria por seguir siendo sexy–, en bañador –reciente pero ya mítico Daniel Craig en “Casino Royale” (2006)– o en toalla –las que vistió como nadie el pato Donald a la salida de cada ducha–, el menos es más vale tanto para el espectador como para el ahorro del diseño de vestuario. Privilegiado oficio de cine, pues pueden coser sus sueños y colgarlos de la percha idónea sin que los desluzca un solo pliegue. Porque esa es otra: incluso sobre las telas y las situaciones extremas impera la triste máxima de que la arruga no es bella.

En las imágenes: Gene Tierney y Tyrone Power en “El filo de la navaja - Copyright © 1946 Twentieth Century-Fox Film Corporation. Todos los derechos reservados. Cary Grant en “Atrapa a un ladrón” - Copyright © 1955 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Clark Gable en “Sucedió una noche” - Copyright © 1934 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Paul Newman y Robert Redford en “El golpe” - Copyright © 1973 Zanuck/Brown Productions y Universal Pictures. Todos los derechos reservados. James Dean en “Rebelde sin causa” - Copyright © 1955 Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Marlon Brando en “Un tranvía llamado deseo” - Copyright © 1951 Charles K. Feldman Group y Warner Bros. Pictures. Todos los derechos reservados. Al Pacino en “El precio del poder” - Copyright © 1983 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. Kevin Costner y Sean Connery en “Los intocables de Eliot Ness” - Copyright © 1987 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Y Paul Newman en “La gata sobre el tejado de zinc” - Copyright © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) y Avon Productions. Todos los derechos reservados.

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Martes 29 Enero 2008

Peor que el despertador es que unos martillazos con mala leche descomunal entreabran los ojos del durmiente –que enseguida se siente capaz de acompañar a los obreros y así dar una salida lógica y sana a su desesperación–. Tengo obra cerca y mis instintos asesinos intentan recabar consuelo en el mal de muchos, consuelo de tontos con un referente cinematográfico en peores circunstancias. El problema es que el ejemplo paradigmático, “Los Blandings ya tienen casa” (1948), dirigida por H.C. Potter, no ofrece consuelo ante los ruidos ni un mísero rato de evasión cómica. Antes de que Tom Hanks y Shelley Long descubrieran que “Esta casa es una ruina” (1986) –que explotaba los gags apenas enunciados en este clásico–, Cary Grant y Myrna Loy, hartos de compartir cada mañana un minúsculo baño con un ridículo espejo, tomaron la irresponsable decisión de trasladarse al campo.

 

Y es que la especulación inmobiliaria no es hallazgo de nuestros días, y la pareja hubo de revisar el estado de la casa de sus sueños antes de adquirirla como la bonita estampa soleada de una solución presurosa. La película falla tan estrepitosamente como los cimientos del inmueble al contraponer el ruido urbano del comienzo –mediante amplias panorámicas neoyorquinas– con la estrechez del apartamento que los protagonistas comparten con sus dos hijos pequeños. Esa metáfora del ratón de ciudad que se cambia por el ratón de campo se pierde en cuanto el enclave idílico revela sus desastres, desperfectos y arreglos frustrados. Inválido el centro, inválida la campiña, el matrimonio se aboca al típico juego de discusiones por un hogar que siempre habían llevado consigo, y que intentaban desmenuzar sobre planos esquemáticos y cenitales.

Además, y como apreciación personal, Cary Grant nunca ha lucido bien como hombre de familia y padre responsable, cual si tras esa benevolencia despreocupada se escondiesen viajes de negocios aprovechados para pasearse por Montecarlo y conquistar a Grace Kelly o filtrarse como espía en la vida de Audrey Hepburn. En eterno romance, Grant era el actor perfecto de los previos al comieron perdices, por mucha y feroz Myrna Loy –algo quedó de sus tiempos con Fu Manchú– que viniese a imponerle una estricta rutina de clase media. En este día de chaperones, me identifico más con ese Melvyn Douglas resignado a observar el jaleo ajeno a sabiendas de que, cuando a una casa o a una película le da por derrumbarse, no habrá nada que la detenga.

En las imágenes: Fotogramas de “Los Blandings ya tienen casa” - Copyright © 1948 RKO Radio Pictures. Todos los derechos reservados.

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La verdad es que a mi tampoco me gustó. Esperaba algo más original, fresco y divertido. Muy francesa pero le falta la frescura de estrenos del año como Bienvenidos al norte o La clase… >>
Antonio
, en "Transformers: La venganza de los caídos". La ira de Bay
Me haceis gracia todos los criticos,solo sabeis insultar y despreciar a los directores de acción americano,y más a michael bay,parece q teneis invidia de que trinunfe en taquilla una pelicula entretenida… >>
Je
, en "La última casa a la izquierda": Padres coraje
Ganas tenia de verla y al ponerle tu esta puntuación aún más xD
tONI
, en "LOL (Laughing out loud)®": Generación Messenger
La verdad esque me decepciono mucho, no la recomiendo a no ser que querais aburriros en el cine
octavius, en "Transformers: La venganza de los caídos". La ira de Bay
yo me esperaba lo mismo ke la 1º parte, ke me gusto, pero con mas explosiones y e salido decepcionado.las escenas de accion son mejores pero al argumento mas flojo ke el de la 1º parte
capandres, en "Transformers: La venganza de los caídos". ¿Dónde está el guión?
pero eso sí, todo el mundo a verla y a decir, que buena película...
kuai, en "Transformers: La venganza de los caídos". Cuando Bay se autoparodia
Al margen de que la peli me parece un bodrio increible, hasta el punto de que algunos pasajes me dan vergüenza ajena, nunca entendere cuando alguien dice que se lo ha pasado en grande con una... >>
Albert
, en "Transformers: La venganza de los caídos". ¿Dónde está el guión?
En este caso no a sido buena ni la primera, que fue para olvidar
tuspa
, en "Millennium 1: Los hombres que no amaban a las mujeres". Encefalograma plano
me ha gustado y mucho. tiene varios aspectos que hacen que sea interesante. Lo de los criticos no lo he entendido ni lo entendere nunca, siempre contracorriente; eso parece que les va bien... >>
Francisco
, en "Transformers: La venganza de los caídos". La ira de Bay
Esta segunda entrega me ha parecido mucho más forzada, confusa, e infantil que la primera. Deja muchísimas cosas sin explicar, los diálogos son bastante tontorrones, muchos transformers... >>
Kooler
, en "Transformers: La venganza de los caídos". ¿Dónde está el guión?
Desgraciadamente, el bueno de Michael Bay está sufriendo de Shyamalanitis. Sí, el síndrome de “hago lo que me sale porque soy el gran director y algún dia se darán cuenta”. Por eso espero, y... >>
Montse
, en "Te quiero, tío": Muy banal pero entretenida
Uf, la verdad es que el título de la película sonaba fatal. No me esperaba que podía “aprobar”. Con ese titulo me costaba creer que podía haber buenas interpretaciones y que la peli hasta resulte... >>
jose
, en "Transformers: La venganza de los caídos". La ira de Bay
fue una muy buena película de entretenimiento, sobre lo que dicen del argumento no es cierto, simplemente es una película de ciencia ficción, en este género el argumento gira en torno a una idea... >>
 

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