Viernes 15 Mayo 2009
Escrito por Almudena Muñoz Pérez el 15.05.09 a las 10:42
Archivado en: Actores y actrices, Años 30, Años 40, Años 50, Años 70, Años 80, Años 90, Biopic, Ciencia-ficción, Cine americano, Cine español, Cine latinoamericano, Drama, Hollywood, Musical, Personajes, Romance, Thriller
Las iras, indignaciones y desprecios, o como se prefiera apelar a la rabieta, que el título arriba indicado podría provocar en las filas eclesiásticas palidecen ante la tajante condena del Vaticano a todo lo que lleve impreso el nombre de Dan Brown, Robert Langdon o, en los últimos tiempos, Tom Hanks. La inercia de la primera piedra lanzada contra un motivo proscrito del debate público no provoca que la irreverencia siga a la polémica, sino más bien a resultas de bailar las aguas removidas por un Hollywood que necesita poner guapos hasta a sus sacerdotes, y por un escritor que describió Sevilla como un reducto infeccioso perfecto para un apocalipsis de Cuarón o Meirelles. «Tenía un rostro sorprendentemente atractivo», describe Brown al camarlengo Carlo Ventresca —rebautizado por el más escocés Patrick McKenna— en “Ángeles y demonios”, la novela-precuela de “El código Da Vinci” (2006) que a través de la adaptación cinematográfica de Ron Howard se transforma en secuela narrativa y, confían, también en repetición sísmica de nuevos réditos. Mientras Ewan McGregor hace honor a la escueta línea de Brown, no está de más indagar en qué referentes estaba pensando el escritor cuando recaló en que el hábito no tiene por qué hacer al monje menos atractivo.

El abad Coulmier, interpretado por Joaquin Phoenix en “Quills” (Philip Kaufman, 2000). Acostumbrado a pasearse con ojos llororos, antes de que los ocultara tras las gafas de sol y la espesa barba de Santa Claus —¿será Phoenix otra ilusión navideña de intenciones comerciales estratégicas, será su metamorfosis cierta y tendremos que volver a creer en papás noeles?—, el actor infundaba lástima y desgarro a sus personajes, como si el labio partido fuese obra de un bestia con el que se hubiese cruzado pocos minutos antes. No fue para menos en este biopic parcial —en todos los sentidos— del Marqués de Sade (Geoffrey Rush), donde éste y el ternísimo abad de Joaquin Phoenix se disputaban con palabras soeces y silencios el afecto de una lavandera, en manos y carnes de una Kate Winslet inclinada, como su colega, hacia los protagonistas atormentados. Dos amores prohibidos, por un hombre religioso y por una literatura erótica salvaje, desdoblan la función de un Sade que tuvo mejor traductor en Luis Buñuel que en Kaufman y su escatología pedestre. Leer más »
Lunes 9 Febrero 2009
Disney ha vuelto a desempolvar una de sus fórmulas más arcaicas: los animales de compañía, mejor si son perros —los gatos suelen ser los malvados (“Como perros y gatos”, 2001) y los pájaros no resuelven su falta de expresividad (“Paulie, el loro bocazas”, 1998)—; mascotas dotadas del arte de la conversación con los de su especie, mientras los humanos sólo se comunican con ellos mediante achuchones y sonoros besos. Sin embargo, es poco probable que las nuevas generaciones empiecen a llamar a cada chihuahua que se crucen por la calle como Chloe, el nombre del perro protagonista de “Un chihuahua en Beverly Hills” (2008), a quien presta cuerdas vocales Drew Barrymore. La popularidad de la raza precede a esta superproducción que al reactualizar el mito demuestra las preferencias de nuevos tiempos: ya no es el collie Lassie la heroína, pues los minúsculos apartamentos, los chalets dormitorio y el frenesí de las jornadas laborales y los ociosos fines de semana dificultan la adopción de perros grandes, a favor de minúsculas criaturas transportables en el bolsillo del gabán o el último bolso Vuitton, según nivel adquisitivo, y que se reparten con ratones y ratas el estrellato de la gran pantalla y los primeros puestos de los más vendidos entre las ricas herederas.

Las millonarias de Sunset Boulevard y alrededores como la tía Viv (Jamie Lee Curtis) han reiterado su preferencia por perritos de pedigrí, tamaño escueto y estruendosos ladridos. Pero la raza estrella no ha sido nunca el chihuahua, sino el caniche, tanto en sus variantes toy como gigante. Éste último, un ejemplar negro llamado Scherezade, era el orgullo de la condesa Johanna (Joan Fontaine) en “El vals del emperador” (1948), el anodino musical de Billy Wilder. Escogida para aparearse con el caniche del emperador, Scherezade prefería a un chucho de menor categoría aristocrática, acoso que también sufría la mascota de Anita Ekberg, pretendida por el Gran Danés de Jerry Lewis en “Loco por Anita” (1956). Incordios omnipresentes —en “Mi desconfiada esposa” (1957) un ejemplar reafirmaba las sospechas de Lauren Bacall después de rescatar una zapatilla de su marido en el dormitorio de otra mujer— o símbolos de opulencia, dicha asociación quedó refrendada por Bigas Luna en “Caniche” (1979), o la farsa de los hermanos Bernardo (Àngel Jové) y Eloísa (Consol Tura) decididos a fingir que la decadencia no ha tocado su techo ni su perro.
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Miércoles 14 Mayo 2008
Hoy –y a lo largo de muchos días y semanas pasados– se dirá lo indecible acerca de Frank Sinatra, se le llamará La Voz, el cantante metido a actor, el actor que cantaba en sus películas, el celoso marido del animal más bello del mundo, el padre de la country Nancy, el crooner que hacía crujir la banca, el más brillante roedor del rat pack o, al menos, el que más trozo de queso se llevaba. No me interesan los «y el pedestal del día es para…» ni los aniversarios mortuorios, un invento bien triste y que sólo sirve para que los enterados se reiteren, los desinformados se olviden enseguida y las ventas de discos se eleven lo mismo que la posición de dichas compras en las estanterías, abarrotadas de buenos ejemplos culturales siempre pendientes de consumo. Por eso, y dado que aquí me toca hablar de cine y no de música, no lloraré tras diez años de su muerte a Sinatra ni recomendaré con fiereza su filmografía. Que nadie interprete ahora, si es que siguen leyendo, que siento alguna manía personal hacia la celebridad. Pues en absoluto, pero las bienamadas cuerdas vocales del cantante no suplen un talento cinematográfico poco destacado. El secreto de Frank es que supo escribir su nombre en los planteles correctos.

Primero en pequeños cameos inocentes, como “Travesía caribeña” (1942) –es decir, reafirmando la idea de cantante de orquesta que ameniza las cenas de los ricachones– hasta su salto de mano de dos grandes: Gene Kelly y Stanley Donen. “Levando anclas” (1945) y, especialmente, la maravillosa “Un día en Nueva York” (1949) –no, aún no cantaba aquello de “New York, New York” que enamoraría a Scorsese, sino el jovial «New York New, York what a wonderful town…»– fueron dos musicales de referencia que abrieron las puertas de Frank… al cante. Al baile menos porque, vistas las coreografías, en realidad no constituían su fuerte, ataviado de una parsimonia que quería hacerse pasar por un Fred Astaire más bajito y más apuesto. Su primer papel cien por cien intérprete fue “El milagro de las campanas” (1948), en la piel de ¡un cura! Bueno, aire así a lo padrecito rural se daba un poco. Pero los productores entrevieron mucho más potencial bajo la sotana y lanzaron al joven a su elemento: las mujeres, las tropelías y la personalidad canalla. Experimentos tan raros como el western-musical “Me besó un bandido” (1948) –frase que después podrían hacer suya muchas chicas en relación al actor– o el musical deportivo “Take me out to the ball game” (1949) precedieron su época dorada: los cincuenta.

En 1953 aquel orgulloso e inocuo hombrecillo de comedias y veladas alza un Oscar® al mejor actor secundario. “De aquí a la eternidad” –casi todos los títulos de Sinatra parecen premonitorios…– le brindó su oportunidad seria, la de imprimir credibilidad en un personaje ingenuo y torturado que roza unas notas chirriantes de afectación como la propia película. Pero ya se sabe que ése no es un defecto, sino el caballo ganador de los académicos. Y como a tantos otros valores en alza por una noche, el premiado fue cayendo paulatinamente en películas sin importancia. Algo de film noir, una metedura de pata con Doris Day –“Siempre tú y yo” (1954)–, un drama poco conocido de Stanley Kramer –“No serás un extraño” (1955)– preceden a la repetición de sus filones: un brillante musical — “Ellos y ellas” (1955), de Mankiewicz, aunque Marlon Brando danzando y cantando robaba cualquier protagonismo, por su rareza, no por su acertada ejecución– y otro dramón de los gordos, la magnífica “El hombre del brazo de oro” (1955), en la línea iniciada por “Días sin huella” (1943). Pero no sería hasta “Como un torrente” (1958), otro de esos ambiguos melodramas de Minnelli, cuando alguien volviese a confiar en su faceta dramática.

“Pal Joey” (1957) o “Alta sociedad” (1956) –pobre remake de “Historias de Filadelfia” (1940)– se aprovechan de sus melodías hasta el boom del cine bélico –“Cuando hierve la sangre” (1959), “Todos fueron valientes” (1965)– y las comedias alocadas junto a otros cantantes –Bing Crosby en “Dos frescos en órbita” (1962) y Dean Martin en “Tres sargentos” (1962)–, detonadas por la archifamosa “La cuadrilla de los once” (1960), manifiesto del rat pack y futuro objeto de rapiña para George Clooney y compañía. Entre sus últimos trabajos, destacó otro fabuloso drama, “El mensajero del miedo” (1962), “El último de la lista” (1963), de Huston, o “El detective” (1968). Sin embargo, pocos ejemplos de su carrera resultan memorables gracias a su actuación, y mucho más valor suponen en la actualidad las aportaciones que realizó a cientos de bandas sonoras y a que una determinada época se rememore al instante –aunque sea en series tan destructivas sobre el american way of life que parecían propagar sus canciones, como las estupendas “Los Soprano” o “Mad Men”–. ¿Podemos comprender que Sinatra fuese abducido por el rostro que más dividendos le daba o que las productoras sólo pensasen en sus amigas las discográficas? No era perfecto, pero sí efectivo, y eso se sigue notando, en cd o en dvd. Y tras tantos años, no es moco de pavo para alguien que en sus letras decía: «quiero despertar en una ciudad que nunca duerme y descubrir que soy el rey de la colina…» El montecito de Hollywood es todo tuyo, Frank –pero te avisamos que se ha quedado pequeño–.
En las imágenes: Frank Sinatra a la derecha de una fotografía promocional de “Un día en la ciudad” - Copyright © 1949 Loew’s y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados. Fotogramas de “De aquí a la eternidad” - Copyright © 1953 Columbia Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. Y “Como un torrente” - Copyright © 1958 Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.
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Comentarios |
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amande, en
"LOL (Laughing out loud)®": Generación
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La verdad es
que a mi tampoco me gustó. Esperaba algo más
original, fresco y divertido. Muy francesa
pero le falta la frescura de estrenos del
año como Bienvenidos al norte o La clase…
>>
Antonio, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
La ira de Bay
Me haceis
gracia todos los criticos,solo sabeis
insultar y despreciar a los directores de
acción americano,y más a michael bay,parece
q teneis invidia de que trinunfe en taquilla
una pelicula entretenida…
>>
Je, en
"La última casa a la izquierda": Padres
coraje
Ganas tenia
de verla y al ponerle tu esta puntuación aún
más xD
tONI, en
"LOL (Laughing out loud)®": Generación
Messenger
La verdad
esque me decepciono mucho, no la recomiendo
a no ser que querais aburriros en el cine
octavius, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
La ira de Bay
yo me
esperaba lo mismo ke la 1º parte, ke me
gusto, pero con mas explosiones y e salido
decepcionado.las escenas de accion son
mejores pero al argumento mas flojo ke el de
la 1º parte
capandres, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
¿Dónde está el guión?
pero eso sí,
todo el mundo a verla y a decir, que buena
película...
kuai, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
Cuando Bay se autoparodia
Al margen de que la peli me parece un bodrio
increible, hasta el punto de que algunos
pasajes me dan vergüenza ajena, nunca
entendere cuando alguien dice que se lo ha
pasado en grande con una...
>>
Albert, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
¿Dónde está el guión?
En este caso
no a sido buena ni la primera, que fue para
olvidar
tuspa, en
"Millennium 1: Los hombres que no amaban a
las mujeres". Encefalograma plano
me ha gustado
y mucho. tiene varios aspectos que hacen que
sea interesante. Lo de los criticos no lo he
entendido ni lo entendere nunca, siempre
contracorriente; eso parece que les va bien...
>>
Francisco, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
La ira de Bay
Esta segunda
entrega me ha parecido mucho más forzada,
confusa, e infantil que la primera. Deja
muchísimas cosas sin explicar, los diálogos
son bastante tontorrones, muchos
transformers...
>>
Kooler, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
¿Dónde está el guión?
Desgraciadamente, el bueno de Michael Bay
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síndrome de “hago lo que me sale porque soy
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Montse, en
"Te quiero, tío": Muy banal pero entretenida
Uf, la verdad
es que el título de la película sonaba
fatal. No me esperaba que podía “aprobar”.
Con ese titulo me costaba creer que podía
haber buenas interpretaciones y que la peli
hasta resulte...
>>
jose, en
"Transformers: La venganza de los caídos".
La ira de Bay
fue una muy
buena película de entretenimiento, sobre lo
que dicen del argumento no es cierto,
simplemente es una película de ciencia
ficción, en este género el argumento gira en
torno a una idea...
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