Tras varias entregas anteriores, retomamos la apasionante Historia –a veces el doble de apasionante que la real, huelga decirlo– del qué pudo ser y no fue. Interminable alimento para el fantasioso que no se contenta con consumir las películas tal cual se tejieron y que experimenta tantos horrores y alivios al estudiar esos acontecimientos frustrados como al ver los resultados. Sensaciones características del cine de Hitchcock y de su “Rebeca” (1940) en particular, ese folletón de Daphne Du Maurier que el maestro supo convertir en un thriller sorprendente por sus múltiples lecturas y su impecable reparto.

Sin embargo, la asustadiza y apocada Joan Fontaine que ahora estamos acostumbrados a ver –o no tanto, algunos sentirán hacia ella el mismo odio que su hermana Olivia de Havilland, quien también pujó por el papel– no fue la dama misteriosa originaria –recordemos que la protagonista no es Rebeca, personaje ambivalente, omnipresente e invisible a un tiempo, sino la anónima Mrs. de Winter–. Dado que el protagonista iba a ser Laurence Olivier, se propuso a su pareja en la vida real, Vivien Leigh, que habría dotado al personaje de un histrionismo post-Oscar® –por “Lo que el viento se llevó” (1939)– bastante insoportable.

Tras el descarte, el casting se desarrolló con notables disparidades entre el director y el productor, David O. Selznick, que intentaba colar a sus flechazos en perjuicio de las más sensatas elecciones de Hitchcock –Anne Baxter, esa Doris Day con gesto malévolo–. A la cola de Margaret Sullavan –actriz desgarbada y de corta carrera, en la que únicamente destaca “El bazar de las sorpresas” (1940)– o Loretta Young –cuya elegancia de cine mudo habría casado muy bien con la producción–, esperaba el turno una Joan Fontaine ensombrecida por la altura –profesional– de su hermana mayor. Finalmente “Rebeca” fue una lujosa carta de presentación para un británico y una casi desconocida –el uno por estrenarse en Estados Unidos y la otra por saltar al estrellato–, que ganaron sendas nominaciones a los premios de la Academia de Hollywood. Pero si alguien se llevó el gato al agua fue Judith Anderson, la temible Mrs. Danvers que, como ama de llaves, guardará siempre a buen recaudo los secretos de su misteriosa Rebeca.
En las imágenes: Judith Anderson y Joan Fontaine en “Rebeca” - Copyright © 1940 Selznick International Pictures. Todos los derechos reservados. Loretta Young en “Las cruzadas” - Copyright © 1935 Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. Anne Baxter en “Guest in the house” - Copyright © 1944 Hunt Stromberg Productions. Todos los derechos reservados. Y Margaret Sullavan en “El bazar de las sorpresas” - Copyright © 1940 Loew’s y Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). Todos los derechos reservados.
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una de las peores taras de la humanidad es el prejuicio.cuando me dispuse a visionar esta pelicula por primera vez pensaba que se trataba de un viejo melodrama aburrido.nada mas lejos de la realidad,es una pelicula esplendida digna del gran alfred con unas interpretaciones magistrales, y justa ganadora de los premios de la academia en 1940.gracias almudena por darnos la oportunidad de comentar en tu foro.
No me refería a eso exactamente, Miguel, sino a la posibilidad de que, después de haber ganado un Oscar y con su marido en el reparto, a Vivien Leigh se le hubiese subido a la cabeza otro papel de rotundo protagonismo con olor a premio. En cualquier caso es una mera cábala, como lo demás. Lo de Selznick es cierto, como ya digo, parecía guiarse más por flechazos que por razón de productor.
Apreciada Almudena, completamente de acuerdo en que no es posible imaginar otra protagonista de “Rebeca” distinta a Joan Fontaine. Respecto al baile de nombres para el papel, comenta Hitchcock en el libro de entrevistas de Truffaut que en realidad esta búsqueda fue una operación publicitaria de Selznick para levantar expectación, tal y como había hecho con “Lo que el viento se llevó”, y asegura que se sintió incómodo porque le obligó a hacer pruebas a varias actrices que ya sabía de antemano no encajaban en el papel. Es interesante también como explica que quiso que las apariciones del ama de llaves en las escenas fueran repentinas, para que la protagonista no supiese nunca donde se encontraba exactamente, lo que aumentaba su sensación de temor, y como el haberla rodado andando la habría humanizado.
Tan solo una pequeña cosa con la que no estoy de acuerdo, cuando te refieres al presunto histrionismo de Vivien Leigh tras el oscar… vi la prueba para “Rebeca” junto a Lawrence Oliver y creo que su actuación era esforzada, aunque por supuesto su imagen no era adecuada para el papel: su belleza y elegancia más bien habrían recordado a la propia Rebeca ausente (y que gran acierto no mostrar nunca la imagen de la primera señora de Winter). En su siguiente trabajo tras “Lo que el viento se llevó”, el maravilloso melodrama “El puente de Waterloo”, encaja perfectamente, y no creo que fuese una actriz histriónica pese a sus papeles extremos y neuróticos, como el reverso amargo de su dama sureña de “Un tranvía llamado deseo” y el patetismo de “La primavera romana de la señora Stone”. Una actriz tan inolvidable como sus películas.
Saludos!!
Pues sí, Julio, y del mismo tipo es la trilogía de Juan Tejero en T&B.
Quizá me he pasado un poco al mencionar a la du Maurier, Manuel XD, pero no veas cómo me hastían sus palabras después de la muda contemplación de Hitchcock.
Curiosamente, compa Almudena, estoy a punto de terminar la lectura de ese folletón al que arriba aludes, y que, en contra de lo que a priori esperaba, no me ha parecido tan folletón, la verdad sea dicha, aunque, aún así, sí que es cierto que raya a una altura basatante inferior a la de la película. Lo cual tampoco debería sorprender: es que la peli pica alto, muy alto… Por otro lado, desconocía esas circunstancias de las que hablas en tu reseña, acerca de los avatares en la confección del reparto: historias siempre jugosas, y que demuestran bien a las claras cuánto de aleatorio tiene siempre la resultante final de cualquier empeño cinematográfico. ¿Y si hubiera tal, y si hubiera cuál…? Felicidades, en todo caso, por tu magnífica recensión.
Un abrazo.
Hace tiempo leí un libro que puede interesar a quienes busquen historias como ésta, y que me gustó porque estaba escrito de manera muy ágil y entretenida. Su título es “Cómo se hicieron las grandes películas”, de Alfonso Méndiz Noguero, editado por Cie Dossat, 2003. Creo que en el 2005 sacó una segunda parte con el mismo título.
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